
Llevamos más de una década comentando sobre la necesidad de que Boeing finalmente decida qué ha llevado a su hoy día venerable diseño, básicamente con sesenta años de antigüedad, llamado 737, tan lejos como ello es técnica y comercialmente posible para dar paso a una nueva familia de aeronaves de un solo pasillo con mucha de la tecnología del 787 pero con las prestaciones y capacidad del extraordinario 757, dando como resultado una aeronave seguramente denominada 797 que a su vez obligue a Airbus a hacer lo propio con su maravillosa familia A320, lanzando el que siento sería el A360, dando paso al inicio de otra épica batalla por el control del mercado en este segmento, por cierto el único al que veo con posibilidades de incorporar en el mediano plazo aeronaves completamente nuevas, toda vez que la línea de los aviones de cabina ancha, en mi opinión, seguirá siendo atendida de manera adecuada durante décadas por modernos aviones como los Boeing 787 y 777 y los Airbus A330 y A350. Dicho en pocas palabras: Un avión verdaderamente original no va a emanar de los dos grandes fabricantes globales en el mediano plazo que no sea, insisto, el que reemplace al 737 y al A320.
Están surgiendo notas en importantes medios internacionales que apuntan a que la carrera por hacerse del mercado atendido hoy día por las decenas de miles de 737’s y A320’s producidos y en proceso de serlo, mediante una nueva aeronave, ahora sí está por comenzar de lleno, solamente que, a diferencia de lo ocurrido aeronaves del pasado, caso de los propios 737 y A320, el inevitable desarrollo de sus sustitutos y su puesta en servicio tomará más tiempo de lo que algunos desearíamos por una sencilla razón: En una de esas a los de mi generación no nos toca volar en ellos o siquiera verlos en un aeropuerto.
Y es que de acuerdo de las fuentes a mi alcance estaríamos hablando de plazos que nos llevarían por ahí hasta el año 2040 y más, fechas en las que no solamente este columnista, sino una buena parte de esos aeronáuticos de cepa que tuvimos el privilegio de ser testigos del vertiginoso y expedito desarrollo de aeronaves civiles que van desde los primeros reactores hasta esos aviones “de plástico” controlados más bien por computadoras que por aviadores y que colman nuestros cielos, pasando por ejemplo por los icónicos Boeing 747 y Concorde, habremos acumulado, si es que llegamos a esas alturas y en qué condiciones lo haríamos, unas ocho décadas de vida, lo que me permite afirmar que a no ser por los últimos derivados de las familias del 737, 777, 787, A220, A320, A330, A350 y Embraer 190, en los que aún no he volado, si bien debo confesar que no descarto tener aún la oportunidad de volar en un A380, no abordaré avión alguno que capture mi imaginación, ni veré ya un avión comercial verdaderamente innovador, antes de que me vaya a visitar al “Principito” en su asteroide.
Si el tono de esta entrega le hace pensar que este analista y columnista ya se siente viejo y que por ende al estilo de Saint-Exupéry está comenzando a cerrar nostálgicamente ciclos, está usted en lo cierto. La verdad me pegó esa fecha estimada para la entrada en servicio del nuevo Boeing. Es más: Creo que haber pasado de los sesenta años de edad obliga a hacer conciencia de qué esperar y qué no en la vida y este texto deja claro que no aspiro a pasar nuevamente por una etapa como la que experimenté cuando ansiaba por ver y volar en un “Jumbo Jet”, en un DC-10 o hasta en un A320.
Lo que me ilusiona es pensar que mis hijos, especialmente mi muy aeronáutico Simón pase por una similar, si es que queda algún grado de capacidad de asombro en su generación cuando eventualmente le toque volar en esos 797 o A360’s con los que el aerotransporte internacional comenzará a despedir a los 737’s y A320’s o por quizás hasta pilotearlos, lo que me invita a plantear nuevamente una pregunta que me parece obligada: ¿En qué clase de aerotransporte volarán nuestros hijos y nietos cuando suban a un 797 o a un A360?
Más allá de las características de las aeronaves y sus motores, algo que me preocupa es el modelo de operación y servicio al pasajero con el que serán explotadas luego de ver en lo que se han convertido ante la irrupción de las aerolíneas “Low Cost”, la pobre calidad de la gestión de las autoridades aeronáuticas, la riesgosa saturación del espacio aéreo, el peligroso entorno geopolítico global, caída de la capacidad de compra de la población en la mayoría de las naciones, la frágil salud física y emocional de los humanos y el crecientemente amenazado medio ambiente natural, además de en qué clase de aeropuertos y con qué tipo de procesos y complicaciones se registrarán los despegues, aterrizajes y el tránsito de los pasajeros y tripulaciones por ellos.
¿Le confieso algo estimado lector? Conforme redacto y reviso el presente me queda claro que, independientemente de lo que el futuro depare, la realidad es que fui muy afortunado de ser testigo y hasta ser parte de una industria aeroespacial tan apasionante y amable como fue la del Siglo XX. Me temo que aun cuando el hombre regrese a la Luna o llegue a Marte, o que Boeing, Airbus, o quien sea, lance al mercado alguna nueva y maravillosa aeronave, en mi caso nada como ver “en vivo” por medio de la televisión a un Neil Armstrong (al que alguna vez hasta conocí en persona) pisar la Luna en 1960, la emoción de abordar un 747 para hacer un vuelo transatlántico en 1972 o aglomerarse en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México para ser testigo del aterrizaje del Concorde en 1974.
Ojalá y la aviación de 797 y del A360 resulte tan divertida y generosa como la del 727 y el DC-10, aunque la verdad, a como veo evolucionan las cosas, no creo que sea el caso, por el contrario, el aerotransporte seguirá dejando de ser un medio de transporte extraordinario y por ende hasta mágico, para transformarse en un eficiente, económico y espero seguro medio, sin mayor atractivo que las vistas aéreas los asientos de ventanilla que pudieran disfrutar los pocos a los que llamen la atención. Y es que tal y como lo he dicho con anterioridad, volar y ver volar se ha vuelto tan común para la mayoría de los humanos que se les olvida lo que hay detrás de ello o simple y sencillamente no les interesa en lo más mínimo, y esa me parece una muy mala noticia.
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