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21/11/2018

Ese AICM en el que aterricé, hace ya 40 años

Juan A. José / Viernes, 4 Mayo 2018 - 13:07

A menudo me doy el lujo de regalarme unas horas para ver aviones despegar del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM) desde las instalaciones de la cafetería conocida como Skyline, en los altos de la Escuela de Vuelo Aeronacional, sobre la Avenida Fuerza Aérea Mexicana. Este lugar ofrece maravillosas vistas de ese ir y venir vertiginoso de aeronaves de todo tipo que caracteriza al que hoy en día es el aeropuerto más importante de América Latina, atendiendo la demanda de centenares de entusiastas de lo aéreo que reclamamos la existencia de espacios seguros para disfrutar de las operaciones.

Empleando los catalejos del abuelo, y rodeado de spotters de todas las edades, quienes capturan con sus cámaras fotográficas o de video a los aviones, tengo ante mí esas dos últimas pistas que le quedan a un aeropuerto que, por su edad, ya es todo un adulto mayor, y que alguna vez llegó a tener cuatro de ellas. 

Me ha tocado operar en tres: la 13/31, la 5 derecha/23 izquierda y la 5 izquierda/23 derecha: la primera ya no existe, la segunda es la principal y en la tercera, hace 40 años –se dice fácil–, una tarde de abril del año 1978 tuve el privilegio de aterrizar al mando de un Piper PA-28 de Aeronáutica Panamericana.

¿Y cómo era el AICM en el que operé como piloto, a mis 16 años de edad?

Antes que nada, era un espacio mucho, pero mucho más libre de lo que es hoy día, en el que uno podía acercarse y relacionarse con facilidad con las aeronaves y con quienes las hacían volar. 

Instalaciones seguras, pero amistosas y eficientes, por las que se podía circular sin grandes restricciones, ya fuese a pie o en automóvil. Plataformas colmadas de aeronaves de la aviación privada, ejecutiva, oficial, escuelas de vuelo y militar, que convivían sin grandes conflictos con las de la aviación comercial. Hangares con olor a telas de cubiertas, alas y fuselajes, aceites, metales, refacciones y combustibles aéreos, en los que genios del mantenimiento hacían verdaderas hazañas para mantener la aeronavegabilidad de planeadores, turbinas y motores. Oficinas de despacho con cartas aeronáuticas en las que llenar y coordinar un plan de vuelo resultaba por demás sencillo y expedito, y en las que se le trataba a uno como personal técnico aeronáutico y no como narcotraficante en potencia.

Una cafetería Wings en la Terminal de Aviación General (TAG), con vista al área operativa, en la que uno se encontraba lo mismo con decenas de estudiantes de vuelo que con instructores, autoridades aeronáuticas, pasajeros a punto de volar, consolidados comandantes de vuelo, militares, controladores de tránsito aéreo y proveedores de servicios, así como con esa generación de promotores y gestores aeronáuticos que desde sus particulares trincheras aportaban su grano de arena para hacer de la aviación mexicana, lo que es hoy día. 

Resultaría imposible nombrar aquí a todos los grandes de la aeronáutica mexicana con los que uno se topaba de manera casual, sin guardaespaldas y sin cortejos, ya fuese en la zona TAG o en el Edificio Terminal Comercial, hoy día Terminal 1.

Es así que, conforme veo despegues y aterrizajes en las pistas del AICM desde un espacio seguro y cómodo, extraño la libertad que había en el aeropuerto en ese 1978, tiempos en los que acrónimos como RAMSA y NACOA aún estaban en boga, y en los que resultaba sumamente fácil sentirse parte o hacer aviación. 

Y es que en 1978 también había autoridades, policías, límites, organigramas y reglamentos, pero todo aquello se relacionaba a vocaciones aeronáuticas más arraigadas que las que se evidencian hoy en día, salvo honrosas excepciones.

Sobra decir que no puedo olvidar en el AICM a Mexicana de Aviación o a Pan Am; al jumbo de Iberia y al Concorde; a las escuelas de vuelo en sus plataformas; al avión cafetería sobre el Boulevard Puerto Aéreo; al Edificio Torre; al olor a gas-avión; a Manuel Ruiz Romero y al ingeniero José Villela; pero más que nada, recuerdo con nostalgia el sonido de una hélice propulsada por un motor de pistón en sus pistas.

La pregunta es obligada: ¿Qué será del AICM cuando celebre yo en diez años –si me toca seguir por aquí, claro está– los 50 años de mi experiencia como piloto? ¿Qué vista se ofrecerá desde la cafetería Skyline? ¿Un terreno abandonado? ¿Un aeropuerto todavía en operación? ¿Un desarrollo ecológico? ¿Un campus universitario? ¿Más casas, oficinas o centros comerciales? Ya veremos.

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