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21/09/2020

En sus marcas, listos, y ¿fuera?

José Medina Go… / Domingo, 24 Mayo 2020 - 21:36

En últimos días hemos podido confirmar lo ya esperado. Las estimaciones de que de Gobierno Federal levantaría la llamada “cuarentena” el 1 de junio probaron ser mal fundamentadas. Mientras que por semanas se había pregonado que en esa icónica fecha justo a la mitad del año terminaría la “Jornada Nacional de Sana Distancia”, en realidad se convirtió a un pseudo-plan mal articulado y cuestionablemente organizado para una reapertura escalonada de la actividad pública nacional, entre ella la laboral. Afianzado en datos -por decir lo menos- cuestionables, y en conclusiones infundadas, así como en un discurso dogmático y una terminología ideológica, el titular del Ejecutivo Federal y sus funcionarios han declarado un regreso a algo denominado “Nueva Normalidad”.

Todo esto era de esperarse, y nada de que sorprenderse. Como comentamos en este espacio apenas hace una semana, era virtualmente imposible que para el 1 de junio se regresara a la reapertura comercial del país en su totalidad. Mientras que indudablemente algunos sectores productivos del país están regresando a tener cierto grado de actividad, con marcadas limitaciones y precauciones obligadas, buena parte de la economía nacional sigue detenida sin un claro pronóstico de cuándo se estima regresar a operar. La industria automotriz, algunas partes de la aeroespacial y ciertos “proyectos prioritarios de la Administración” son los ramos que reactivan labores al considerarse “críticas”. En los dos primeros casos es obvia la razón: la presión de Estados Unidos para reactivar estas industrias era meritoria debido a la interrelación con México y porque la suspensión de estas actividades ponía en riesgo la economía y la Seguridad Nacional de nuestro vecino norteño.

Sin embargo, el tercer rubro es mucho más cuestionable. Programas sociales con viabilidad cuestionable, y magnas obras que poco sentido tienen en el México del siglo XXI difícilmente pueden ser consideradas como “críticas”. El aeropuerto Felipe Ángeles en Santa Lucía continua con su con construcción a paso acelerado, y eso que partes de la obra se han debido suspender temporalmente en razón de labores de salvamento arqueológico y paleontológico, ya que al excavar para las nuevas edificaciones se han descubierto vestigios prehispánicos significativos y fósiles de al menos seis docenas de mamuts. Pero la obra sigue a como dé lugar.

En el terreno aeronáutico seguimos férreamente anclados a la inactividad. Mientras que es innegable que las operaciones aéreas en el país no se han interrumpido en su totalidad, ciertas evaluaciones en días pasados confirman que se han suspendido en un 95%, y que 665 mil empleos directos e indirectos de han perdido como resultado de esta crisis. Parte de estos impactos eran esperados, en razón de la urgente necesidad de contener la pandemia. Pero las voces del sector aeronáutico nacional que imploraba al Gobierno Federal pronto auxilio para sobrevivir quedaron silenciadas por una estridente respuesta silente al punto de quedar ahogadas en un ya afónico coro de un sector que se desploma en pérdida. Las autoridades del sector que requerían emitir lineamientos, respuestas, y sobre todo una voz cargada de certidumbre tan sólo ofrecieron un espacio vacío, carente de lógica y ausente de voluntad de apoyar. Simpatías puede haber muchas, pero el apoyo real fue inexistente.

De igual forma, algunos funcionarios federales del sector aeronáutico nacional se han manifestado como “comprensivos” con las exigidas súplicas de las empresas aéreas del país en esta difícil coyuntura. Pero la comprensión es irrelevante y hasta ofensiva si no se ve acompañada de acciones que le soporten y den alivio a los afligidos. Esto se traduce en resentimiento, desconfianza y en la búsqueda de nuevas alternativas para solucionar esta difícil situación en que muchas empresas de nuestro sector y vinculadas se encuentran. Como hemos mencionado repetidamente en este espacio semanal, la industria aeronáutica nacional depende íntima y profundamente de las demás actividades de la economía nacional, la cual a su vez se encuentra interrelacionada con sus contrapartes en el sistema internacional. En otras palabras: somos parte de un complejo sistema interrelacionado de labores económicas y de operatividad nacional y global.

Esto implica por obviedad que no podemos -por más que el liderazgo nacional insista- operar nuestros sectores económicos e industriales a nuestro ritmo, con nuestras reglas y con nuestros criterios. Como reza un dicho castrense mexicano, modificado un poco para efectos de esta publicación: “los [alimentos] no son al gusto”. Dicho de otra manera, México le guste o no, y diga lo que diga el liderazgo nacional, no puede regresar a una reapertura económica y del sector aeronáutico nacional por decreto, sino por una serie de determinaciones y criterios transnacionales pre-establecidos y acordados en la comunidad internacional para tal fin. Eso quiere decir que debemos estudiar estos lineamientos y adecuarnos a ellos, para de esa manera coordinarnos con el reinicio global, ordenado y seguro de las operaciones aéreas mundiales.

Pero, como suele pasar, esto no es así. Pocos esfuerzos en este sentido están siendo emprendidos desde la titularidad de las autoridades de nuestro sector. Siguen presentándose exhortos, invitaciones y hasta extrañamientos de instancias internacionales al Estado Mexicano para adecuarse y apegarse a estas normas internacionales. Inclusive, los actores privados de nuestro sector y de otros vinculados realizan el mismo llamamiento, para reactivar de manera ordenada y segura el proceso de regresar a volar, y así minimizar los efectos negativos posteriores de esta crisis. De manera coordinada, armonizada y bien fundamentada es urgente regresemos poco a poco a las operaciones ordinarias.

Pero la respuesta parece seguir siendo un doloroso y estridente silencio por parte de las autoridades regulatorias. Nadie dice que no estén haciendo nada, pero sus labores no son notorias ni sus efectos trascendentes. Esto se traducirá lamentablemente en un regreso a las operaciones aeronáuticas nacionales a un paso diferente y no necesariamente más eficientes que el resto de la comunidad global. Lo anterior nos lleva a concluir que si la aviación global es y será víctima de un profundo efecto negativo que durará por años para recuperarse en su totalidad, en el caso mexicano augura un prospecto mucho más grave y tétrico.

Como sector la aeronáutica siempre se ha caracterizado por ser innovador, progresista, puntero y de avanzada para superar las adversidades, y precursor en caminos de solución a las dificultades. A nivel internacional, esa misma tendencia esta demostrando. Sin embargo, en el caso mexicano parece que en esta carrera por regresar a la normalidad non encontramos en nuestras marcas, listos para despegar, pero -lamentablemente- fuera de la jugada armonizada y coordinada internacional. Esto es tal vez, un grave error que sin duda repercutirá negativamente en la aviación mexicana.  

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