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17/05/2022

Riesgos especiales y amenazas espaciales

José Medina Go… / Domingo, 23 Enero 2022 - 18:06

En este espacio de manera sistemática y permanente hemos abordado el tema de la Seguridad Aérea Integral, algunos de sus componentes más importantes y cómo afectan a nuestro sector, nuestra industria, nuestra sociedad y a nuestro país. Como hemos apuntado en varias ocasiones, estos temas son tan amplios que es virtualmente imposible poderlos tratar en su totalidad en este espacio; lo cual no implica que no hagamos el esfuerzo de abordar algunos aspectos relevantes y trascendentes en el contexto nacional contemporáneo.

Algunos de éstos son primordialmente coyunturales, relevantes no sólo por su trascendencia sino por el momento histórico/político/social en el que ocurren. En la mayoría de las ocasiones esto lleva a que algunos temas igual de relevantes no sean pertinentes en el momento, y que no reciban la atención apropiada. Pero esto no implica sean menos trascendentes, o que debamos de dejar de poner atención. Es entonces donde debemos regresar a un sistema de clasificación y de definición que nos oriente en nuestras percepciones. Es sorprendente lo mucho que se puede analizar y profundizar cuando ponemos algo de orden en nuestro entorno.

En primer lugar, hemos hablado varias veces de lo que implica el concepto de “Seguridad”; no lo repetiremos. Pero es pertinente hablar de lo que implica su antónimo y opuesto conceptual: la Vulnerabilidad. Este término hace alusión a una condición, situación, o conjunto de ellos que se definen por la inestabilidad y la potencial debilidad presente o prospectiva de un aspecto esencial para el desarrollo de un fenómeno o proceso en particular. Esencialmente, la Vulnerabilidad se puede medir en dos parámetros principales: la inestabilidad que un fenómeno o proceso puede representar sobre otro, y la potencial disminución de la eficiencia del proceso en el que influye.

Como hemos apuntado en otras ocasiones, la Vulnerabilidad tiene dos posibles vertientes en función de sus orígenes: cuando el mismo es de carácter interno se le denomina Riesgo, y cuando es externo o proviene de otros actores la conocemos como Amenaza. Ambas variantes tienen el mismo efecto, pero su atención y subsecuente solución es diferente. Por su naturaleza, frecuencia y ocurrencia podemos también dividir la Vulnerabilidad en procesos ordinarios cuando es relativamente normal, programado o de alta frecuencia que ocurran estos procesos, y extraordinarios o especiales cuando su frecuencia de incidencia es muy pequeña, y en ocasiones es tan sólo hipotética o teórica (dependiendo que tan bien sustentado se encuentre la posible incidencia de estos fenómenos).

Esto es precisamente lo que ocurre con cierto tipo de vulnerabilidades aeroespaciales, las cuales por su baja incidencia son consideradas como una auténtica rareza; y pese a que hay bastante sustento teórico-científico que les da sustento, en razón que no hemos visto la incidencia de estos fenómenos en mucho tiempo -si es que acaso los hemos visto- se consideran eventos extraordinarios, y que no merecen nuestra atención inmediata. Es decir, son aspectos que equivocadamente consideramos como “despreciables”, y hasta “ficticios”, porque su incidencia es tan baja que no ocupan nuestro “valioso tiempo”.

Por desgracia esta mentalidad es la que ha permeado en nuestro entorno y que genera importantes problemas cuando hablamos de la Seguridad Aeronáutica Integral. Por lo general en esta situación podemos encontrar temas de Amenazas Espaciales, es decir, aquellas cuyo origen no proviene de este mundo. Automáticamente la inmensa mayoría de las personas llevan esta discusión a la “Ciencia Ficción”, y al menos son recibidos estos comentarios con sátira, burla, o incluso con una negación silente. Inmediatamente se piensa en temas risibles, que sólo ocurren en películas o series televisivas, muchas de ellas de bajo presupuesto y poca imaginación.

Pero las vulnerabilidades derivadas de estos fenómenos son verdaderamente importantes y trascendentes. Pongamos tan sólo dos casos que podrían afectar profundamente nuestro entorno: el ingreso a nuestra atmósfera de un asteroide de mediano tamaño, y en segundo término una llamarada solar. Ambos casos parecen sacados de una historia de ciencia ficción, de una película. Pero los dos son fenómenos espaciales que sabemos más allá de la duda razonable que han ocurrido en el pasado, y que sin la menor duda sabemos que volverán a ocurrir. El problema es que no sabemos cuándo. 

Evidentemente estos son tan sólo ejemplos, y no pretendo aquí profundizar en ellos; eso será tema de otra columna. Pero el hecho es que ambos escenarios son posibles, probables y sin duda pueden ocurrir en cualquier momento. Fácil es pensar que los gobiernos del mundo tienen estos temas y ocurrencias ya resueltos. La realidad es que no es así. De hecho, la detección oportuna de asteroides dista mucho de ser perfecta, y de manera diaria tenemos cientos de asteroides de pequeño tamaño que ingresan a nuestra atmósfera; sin embargo, por su tamaño reducido se incineran en la misma o bien tienen un efecto mínimo. Pero un asteroide de un tamaño suficientemente grande para impactar con la superficie terrestre a gran velocidad y causar un daño muy considerable puede ser indetectable hasta que se encuentra demasiado cerca. 

En el caso del fenómeno que conocemos como “llamaradas solares”, pueden generar pulsos electromagnéticos que inhabilitan parcial o totalmente los sistemas electrónicos y de telecomunicaciones en amplias regiones del mundo por tiempo indefinido, lo cual vulnera la esencia de la dinámica humana contemporánea. De igual forma con el caso anterior, no hay forma de predecir, detectar oportunamente o de blindar todos los sistemas electrónicos ante la incidencia de una llamarada solar. No tenemos la tecnología necesaria para ello.

Y es justo en este escenario donde debemos reconocer que las amenazas espaciales se incrementan por que tenemos riesgos especiales: de manera interna, dentro de nuestra concepción y ejercicio preventivo ante vulnerabilidades, no estamos ni remotamente preparados para hacerles frente. Esto es un riesgo interno de gran trascendencia, pues no sólo tenemos que estos y otros fenómenos sin duda van a ocurrir, sino que no tenemos como responder ante ellos, ni tenemos forma de recibir e interpretar indicios de su ocurrencia.

Este escenario ha sido identificado por muchas naciones desde hace años, y han incrementado sus capacidades de detección, de respuesta y de atención reactiva a estos fenómenos. Importantes protocolos se han establecido para ello a nivel internacional, y en algo se ha avanzado para poder al menos hacer frente a sus efectos. Pero en México ni eso tenemos, son temas que no se consideran importantes, y que de hecho se ignoran casi por completo por las autoridades.

Algo debe hacerse al respecto, al menos reconocer que existen estos y otras amenazas. Ese es el primer paso para subsanar los riesgos de los mismos; al menos ser conscientes de ellos. Para hacer frente a las amenazas primero debemos enfrentar los riesgos; antes de atender un asunto externo debemos ver al interior. Ahí esta el primer paso de reducir las vulnerabilidades.

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