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18/08/2022

Entre el aeropuerto que no fue y el que no será

José Medina Go… / Domingo, 1 Noviembre 2020 - 22:07

Esta administración federal se ha caracterizado -inclusive meses antes de comenzar formalmente- por un sinnúmero de controversias y decisiones encontradas. Para muchas de ellas hay un gran segmento de detractores; y para la gran mayoría el número de funcionarios, especialistas e inclusive población en general que respaldan dichas determinaciones se encuentra en constante contracción. En la medida que se reduce el número de personas que apoyan estas en ocasiones irreflexivas decisiones trascendentes para el desarrollo nacional y su proyección estratégica, se intensifica el extremismo expresivo, el radicalismo discursivo, la descalificación no sustentada y la agresividad injustificada de aquellos que apoyan al titular del ejecutivo federal. Cada vez más se aprecia un pequeño reducto de seguidores acríticos de proyectos que, para todos los fines prácticos, aparentemente “no tienen ni pies ni cabeza”, citando el dicho popular.

Tal es el caso de uno de los temas más controvertidos de la presente administración, y uno de los proyectos que pasará a la historia nacional y latinoamericana como uno de los más aberrantes en el siglo XXI: los proyectos Texcoco-Santa Lucía. La historia juzgará en su momento este desenlace, y el tiempo dará la razón a la obviedad, por lo que seguir en una argumentación a favor de uno u otro es irrelevante ya. Tan sólo podemos limitarnos a describir lo que a todas luces es evidente, y tratar de disipar poco a poco la “niebla discursiva y mediática” que se ha generado con la finalidad de obscurecer y distorsionar una realidad evidente.

El debate Texoco-Santa Lucía es un tema eminente político-coyuntural, no aeronáutico. Una sabia definición de la política señala que es “el arte de aplazar y apantanar tanto una discusión que para el momento que el tema quede evidentemente esclarecido el resultado ya sea irrelevante”. Lamentablemente, esto es exactamente lo que esta pasando en este tema. Desde el principio de este debate se señaló por parte del ahora presidente y sus seguidores (algunos funcionarios públicos de alto nivel, otros contratistas, otros personajes al margen pero con voz pública, y otros más que han salido de escena al evidenciar sus contrariedades con el titular del ejecutivo) que el proyecto del Aeropuerto de Texcoco debía cancelarse al ser caracterizado por actos de corrupción y por el supuesto “gran daño” que le haría a México.

A casi dos años de haber asumido la titularidad de la Administración Pública Federal todavía no han presentado pruebas irrefutables de lo anterior. De hecho, sus actos han demostrado exactamente lo contrario. El costo de cancelar el aeropuerto en Texcoco fue (y es, ya que no se ha acabado de pagar) astronómico. Irremediable e irrefutablemente, el proyecto de Texcoco habría traído grandes beneficios al país, y habría permitido un desarrollo nacional sin precedentes al convertir al país de facto en un hub latinoamericano global. El daño medioambiental era realmente mínimo, y esto lo demuestran todos los estudios de campo que por años se realizaron con total profesionalismo por actores nacionales e internacionales. Era un proyecto que atrajo inversión extranjera de alto nivel, y estimuló la inversión nacional como pocos proyectos en la historia del país.

Ante los cuestionamientos de que en este proyecto “había corrupción”, difícil sería negarlo. Evidentemente había cosas en ese proyecto que no eran razonables ni legales. Pero si la nueva administración tenía eso demostrado e identificado ¿por qué no mejor sanearon el proyecto? ¿por qué no atendieron esos actos y depuraron estas irregularidades al dotarlas de transparencia? ¿por qué no salvar al proyecto en vez de matarlo? Lo que hicieron, a todas luces en un analogía, es como un médico que identifica una infección en un dedo de su paciente, y en vez de tratarlo con antibióticos decide amputar el brazo completo. Sin duda elimina la infección, pero a un costo brutalmente terrible y totalmente absurdo. Esto fue exactamente lo que se hizo en el proyecto de Texcoco, guardando por su puesto sus debidas proporciones.

Por otro lado, tenemos el proyecto del aeropuerto Felipe Ángeles. A la fecha muchas cosas del proyecto no se conocen públicamente, y no se ha ofrecido información contundente ni transparente de sus dimensiones, alcances y obra. Muchos especialistas nacionales e internacionales han buscado obtener información del proyecto, pero se les ha negado. O bien no existe dicha información o es de Alto Secreto. En ambos escenarios las implicaciones son terribles. El hecho es que por cualquier lado que se vea, con cualquier óptica o posicionamiento, el aeropuerto Felipe Ángeles ni remotamente podría tener la capacidad, alcance o proyección que habría tenido Texcoco. Simplemente el tamaño, la orientación, su ubicación, sus características y su concepto no le da.

Por otro lado, se esperaría que en este proyecto alternativo no se incidiera en aquello que la actual administración acusó al NAIM. Falso: en Santa Lucía se han denunciado públicamente, sustentado y demostrado cuantiosos actos de corrupción, irregularidades, trámites obviados o faltantes, mala práctica administrativa y profesional, actos cuestionables y comportamientos altamente criticables de los titulares de la obra. Contrario al proyecto del NAIM, donde sin dudas hubo irregularidades que obligadamente deben investigarse y sancionarse en caso de encontrar elementos probatorios contundentes, en el caso de Santa Lucía la evidencia es tan comúnmente difundida desde hace meses que hasta el sector de la construcción a nivel nacional ya ve con cierto cuestionamiento inherente esta obra.

Por la parte técnica no hay mucho que decir. Faltaron los estudios preparatorios, se obviaron otros, y tantos más fueron elaborados “al vapor” (en el mejor de los casos). Autoridades internacionales y entidades globales en materia aeronáutica han expresado una y otra vez sus cuestionamientos, críticas y observaciones. Todas han sido contundentemente ignoradas por las autoridades mexicanas, y la última respuesta que se obtuvo ante las críticas (de la que se tiene conocimiento, claro está) es que se preparaban para “rediseñar las aerovías nacionales”. Debe ser cuestionado si quienes sugirieron y profesaron esta declaración tienen noción de lo que esto implica y la profundidad y trascendencia de lo que proponen.

Es así donde nos encontramos en un momento “interesante”. De acuerdo con el plan original, hace semana y media debería haberse inaugurado el NAIM en Texcoco; y hace unos días se publicó que el Felipe Ángeles lleva 40% de avances. De haber seguido con el plan original tendríamos ya un aeropuerto de clase mundial y un referente para Latinoamérica; pero por el contrario tenemos una deuda monumental por su cancelación, y una obra con un avance cuestionable y que a su conclusión ni remotamente tendrá las capacidades de aquello que se dejó perder por aferrarse a una declaración de campaña carente de visión y sentido lógico, proveniente de una ideología aceda y desconectada de la realidad nacional e internacional del siglo XXI.

Aquí estamos: entre un aeropuerto que no fue, y otro que jamás será. Estamos ante el resultado de una decisión política, no estratégica; de aferrarse a una visión ideológica regresiva y no una expectativa progresista; y ante ofuscarse en lo absurdo en vez de abrirse al porvenir. Radiografía más clara de la aviación nacional vista con astigmatismo y miopía más clara no hay.

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