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21/11/2019

Vehículos aéreos no tripulados: ¿futuro o riesgo inminente?

José Medina Go… / Domingo, 14 Julio 2019 - 19:34

Es cotidiano hablar de “drones”. Desde juguetes para niños hasta instrumentos sofisticados para sacar fotografías y videos aéreos de alta calidad, éstos continúan rebasando los límites del imaginario popular, adentrándose cada vez más a desarrollos sorprendentes. Difícil es a veces recordar que estos dispositivos eran solo una fantasía apenas hace una década, y si acaso figuraban en la discusión pública era a través de películas y visiones futuristas que la mayor parte de la población difícilmente creería viable en el futuro inmediato.

No obstante esto se nos olvida que los llamados “drones” no emergieron a la escena pública ni fueron desarrollados con fines pacíficos. Estos instrumentos complejos fueron inicialmente desarrollados como un componente con alto valor agregado en el ámbito militar y bélico –aclarando que el primer término hace alusión al exclusivo de las Fuerzas Armadas, mientras que el segundo implica la participación civil y militar de manera coordinada de todo el Estado- particularmente en el rubro de la inteligencia y la adquisición de información. Su desarrollo tampoco es reciente, y si nos adentramos en sus antecedentes es probable nos llevemos algunas sorpresas.

El término “drone” no hace alusión al vehículo o sus sistemas, contrario a la creencia popular; de hecho, este término en inglés hace alusión al ruido tipo zumbido que emiten sus hélices. El nombre formal de este tipo de dispositivos es Vehículos Aéreos No Tripulados (o UAVs por sus siglas en inglés: Unmanned Aerial Vehicles), y sus orígenes se remontan a la Segunda Guerra Mundial. Podríamos ver el desarrollo de las bombas V-1 y V-2 de la Alemania Nazi como sus orígenes. También es el inicio de los misiles contemporáneos, pero no es la orientación de nuestro tema vigente la capacidad explosiva-destructiva de aquellos sino su sistema de guía.

Desde 1943 Alemania, Estados Unidos e Inglaterra ya se encontraban desarrollando tecnología de radiocontrol de aeronaves, aunque inicialmente sus fines fueron netamente destructivos al concebir estos como misiles balísticos. Sin embargo para la década de los 1950 esta tecnología llegó al punto en que podía ser viable no sólo para dirigir un vehículo aéreo a un área de operaciones, sino también para su regreso. Eso abrió la posibilidad de vuelos no tripulados, y su principal finalidad era la adquisición de información desde el aire para fines de inteligencia.

Es así como desde 1958 algunas empresas aeronáuticas tales como Lockeed Martin –uno de los principales desarrolladores de tecnología militar aérea de vanguardia- comenzaron a diseñar UAVs como concepto militar y de inteligencia aérea. Para la década de 1970 tanto la Fuerza Aérea, la Armada y la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos y sus contrapartes en la Unión Soviética se encontraban empleando este tipo de aeronaves para adquisición de inteligencia de alto valor. Debido a que no requerían de piloto podían adquirir mayor altitud, velocidad y alcances que un avión tripulado. También eran relativamente más baratos, poseían menores riesgos operacionales, y tenían menos peso en virtud de que no requerían el equipamiento requerido para tripulantes.

Para 1980 UAVs icónicos tales como el ahora llamado “Predator” eran probados como aeronaves experimentales en Estados Unidos, y para finales de esa década eran ya empleados en teatros de operaciones militares. La existencia de estos vehículos no se hizo pública sino hasta mediados de la última década del siglo pasado, y no adquirieron notoriedad sino hasta inicios del presente milenio.

No es sino hasta la coyuntura de la llamada “Guerra Global contra el Terrorismo” encabezada por EUA que estos vehículos adquirieron notoriedad, particularmente como instrumento de proyección del Poder Aéreo. Es a la par de esta coyuntura que los UAVs fueron artillados con misiles, dándoles una titularidad sin precedentes en la lucha contra blancos terrestres y aéreos. Por su parte, grupos y entidades con menores capacidades tecnológicas a las de EUA equiparon UAVs con explosivos, convirtiendo al “drone” en un arma en si misma. No escapa la ironía que es el mismo concepto que el V-1 y V-2 de la Alemania Nazi en la década de 1940.

Actualmente los UAVs se encuentran al alcance de prácticamente cualquier Estado o entidad privada. Sus misiones siguen siendo de reconocimiento aéreo y proyección de las capacidades de sus operadores, pero realmente no existe un límite definido a los alcances de esta tecnología. Debido a su relativa reciente aparición existen importantes vacíos legales en torno a la normatividad y regulación de su uso y empleo a nivel internacional, y en el caso de México hay un importante atraso en la materia. Lo anterior nos lleva a la innegable conclusión que su uso no regulado puede representar un importante riesgo para la seguridad aérea, ya sea por un mal uso intencional o por una negligencia no intencional. 

Recordemos que un “drone” comercial puede derribar una aeronave civil bajo ciertas condiciones, por lo que no es un tema menor reconocer que la operación de los UAVs implica un importante grado de responsabilidad de sus operadores, y la regulación adecuada para su empleo es imperativa. Es entonces labor de este espacio semanal motivar a la reflexión activa en torno a la diversidad de riesgos que estos dispositivos pueden representar derivado de su uso no regulado, negligente, imprudente, o deliberadamente nocivo. Es por ello que resulta esencial propiciar el estudio de este tema desde una multiplicidad de perspectivas, no con el fin de denostar esta tecnología sino de promover una mayor responsabilidad en su empleo en nuestro país. La tecnología aérea sigue avanzando a pasos agigantados, y no se va a limitar por nuestra incapacidad normativa o regulatoria.

En consecuencia, es importante avanzar en estos temas para establecer firmemente bases que guíen el uso de estos recursos con seguridad y brindando nuevas oportunidades al sector público y privado en nuestro país. El no hacerlo no puede ser concebido más que como negligencia, o “resistencia pasiva al cambio”. Esperemos no estemos en este supuesto.

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