Pasar al contenido principal
19/11/2019

Del aire al espacio: prioridad estratégica nacional

José Medina Go… / Domingo, 26 Mayo 2019 - 21:01

En aportaciones anteriores del suscribiente en este mismo espacio hemos referido y reflexionado sobre la imperante y urgente necesidad de promover el desarrollo aeronáutico nacional. De la mano del Estado la iniciativa privada tiene un papel fundamental en materia industrial, comercial, de investigación y de desarrollo. Las instituciones nacionales tienen la triple función de regular el Espacio Aéreo Nacional, promover su gestión y desarrollo para su adecuada proyección y aprovechamiento transnacional y global, y el despliegue de los recursos institucionales para la seguridad, la salvaguarda y la protección de nuestra soberanía aérea. Lo anterior implica desde el adecuado empleo de la infraestructura aeronáutica en tierra (radares, telemetría, suministros, logística, etc.) y del garante del Poder Aéreo Nacional (a saber, la Fuerza Aérea Mexicana como institución titular y la Aeronaval de la Armada de México en el apoyo a las operaciones navales).

En este espacio también hemos referido la urgente necesidad de que la actual Administración Pública Federal 2018-2024 defina su camino a seguir para lo que queda del sexenio, así como que de manera congruente, consistente y clara defina el rumbo que la industria y el sector aeronáutico nacional deberán ceñirse y coadyuvar con sus esfuerzos para la proyección estratégica derivada de la vinculación transnacional que lo anterior implica por definición. Para tal fin sin duda necesitamos de nuestra Fuerza Aérea, por lo que obligadamente esperamos ver el proyecto de fortalecimiento, ampliación y proyección de nuestros Guerreros Águila; así como un incentivo considerable para que las actuales y futuras generaciones de mexicanos adopten el compromiso y gesten el arrojo de volar y de surcar cielos azules en disuasión y prevención de aquellas nubosidades y opacidad que implica la afectación de nuestra soberanía y de nuestros intereses en el aire, dondequiera se encuentren en el mundo. Pelear para volar, volar para pelear, pelear para ganar.

Seguimos esperando todo lo anterior, y con ansias aguardamos para sumarnos a tal ambicioso proyecto que aún desde la distancia promete rendir frutos cuantiosos para nuestro país y para su conducente integración con la comunidad global de la tercera década del siglo XXI, que se encuentra apenas a un paso. Pero mientras que esta expectativa no encuentra más que un distante eco en el aparente vacío de las entidades titulares y responsables en la presente administración, tal contexto no puede imposibilitarnos ni limitarnos para seguir avanzando y reconocer que el entorno aéreo es tan sólo la antesala del verdadero potencial y llamado de nuestra civilización, y que si vamos a mirar a las alturas veamos aún más allá de nuestra atmósfera.

Más que una barrera, el espacio es el verdadero destino de nuestra especie si queremos sobrevivir como tal en el muy largo plazo, y aunque ahora esta discusión podría parecerle al conservador y sobrio lector como una mera fantasía de ciencia ficción invoco al mismo la innegable realidad de que en los últimos setenta años hemos dado pasos agigantados en materia especial, y que el ser humano puso ya su huella en un cuerpo celeste hace casi ya medio siglo. Si pensamos que la tecnología del 2018 en muchos aspectos ya está atrasada en relación a lo que tenemos apenas seis meses después, imaginemos entonces cómo eran aquellas exploraciones con tecnología de hace medio siglo.

Sin ir más lejos, un teléfono celular iPhone de capacidades limitadas y no de última generación posee la misma o más capacidad de cómputo que todo el sistema Apollo-Saturn que llevó al ser humano a la luna. ¿Cuánto más hemos avanzado en esta dirección? Bueno, de acuerdo con el finado director de ingeniería de Skunk Works –rama clasificada de los proyectos avanzados y especializados de investigación, desarrollo y fabricación de aeronaves de última generación- de Lockheed Martin, Benjamin R. Rich, en su momento tenían “…cosas más avanzadas, como cincuenta años en el futuro, que todavía no salían a la luz”.

En una entrevista antes de su fallecimiento en 1995, cuando se le preguntó que pensaba de las películas de ciencia ficción donde se presentaban los viajes en el espacio (recordemos por aquella época existía una visión importante del espacio gracias a los Transbordadores Espaciales, la Estación Espacial Internacional y los esfuerzos de la Agencia Espacial Europea) casual pero decididamente dijo algo que dice todo: “Todo eso o ya lo tenemos, o ya lo superamos o decidimos no valía la pena e hicimos algo que lo superó”. Y eso fue hace casi veinticinco años.

A un cuarto de siglo de tan poderosas declaraciones México debe no sólo plantear su estrategia y visión aérea, sino también su planteamiento prospectivo en el espacio. Poco –por no decir virtualmente nada- hemos oído de la Agencia Espacial Mexicana, y el discurso de la SCT parece no despegarse de una vía férrea que comienza en la nada y termina en ningún lugar y en un proyecto abstracto que poco favor le hace a la infraestructura y capacidades aéreas nacionales (pero que prácticamente nos promete mutilarlas irreparablemente por décadas). Sea este entonces un momento para la reflexión y la promoción no sólo del desarrollo de nuestras capacidades aéreas, sino que nuestra mirada trascienda del celeste azul y se adentre en la obscuridad supra-atmosférica.

Nuestro futuro, entonces, reside más allá de la Línea Karaman (aproximadamente 100km de altitud a nivel medio del mar), donde el aire ya no brinda sustentación al vuelo y se desafía a la gravedad. Ahí la altura no se mide ya en kilómetros, sino en la distancia a esos puntos brillantes que a la lejanía nos llaman y que, sin duda, si comenzamos y nos comprometemos a tal fin, algún día nuestros descendientes podrán alcanzar. No nos engañemos: ninguno de nosotros verá con sus ojos tal futuro, y sin duda tampoco nuestros hijos o incluso nietos. Pero ese futuro llegará, y se construye con el hoy. Y esa construcción comienza con un proyecto, con un ambicioso plan que oriente la mirada en el largo plazo y donde México no adopta un papel aislacionista sino incluyente, inclusivo y cooperativo con el esfuerzo global que se enfila a tales metas.

No es algo fácil, es algo ambicioso y nos obligará a aprender y emprender cosas nuevas y diferentes. Pero urgente y necesario es tal compromiso, e imperativo es el esfuerzo conjunto entre sociedad y gobierno para que en el porvenir podamos adentrarnos a este ambiente que nos aguarda. No es solo volar, es trascender; no es solo emprender, es construir; no es solo avanzar, es ascender. Es mirar las estrellas y luchar por alcanzarlas, con la plena certeza que no lo lograremos, pero los que vienen tras nosotros sí. Seamos parte de ese futuro hoy, abriendo los ojos y pensando en el mañana, pues si esos sueños eventualmente se convierten en realidad soñamos bien en su momento. No lo imaginemos ¡hagámoslo!

Facebook comments