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25/10/2020

Doctrina aérea y realidad nacional

José Medina Go… / Domingo, 11 Octubre 2020 - 20:25

En diversos ámbitos de la Administración Pública -particularmente en los entornos de la Defensa, la Seguridad Nacional y las Relaciones Exteriores- es relativamente común establecer numerosos términos, discusiones y decisiones en razón y en torno de un concepto elusivo, pero simultáneamente contundente. Muchas cosas se llevan a cabo debido a los lineamientos emanados de este término, y tantas más se realizan como justificación primaria entorno a esta expresión. En los ambientes militares y navales de México su empleo resuena como un rezo tántrico que todo lo justifica, todo lo ampara y todo lo dispone. Todo se realiza “de acuerdo a la doctrina” o “por doctrina”.

En materia de Política Exterior buena parte de las decisiones giran en torno a esta palabra, si acaso justificando las mismas señalando que se toman “en congruencia con la doctrina”. Sin embargo, en el resto de la Administración Pública y en la vida ordinaria civil del país parece un concepto abstracto, carente de significado o bien que pareciera prestado de una visión religiosa. En ocasiones ciertamente lo parece, pero a veces trasciende.

La Doctrina es un conjunto de normas, disposiciones, conceptos y preceptos que sirven para estandarizar los criterios y estructuras de pensamiento individuales, contribuyendo de esta forma a encaminar las acciones de múltiples agentes, actores, entidades e instituciones en torno a objetivos perenes e intereses trascendentes. En su fundamento, la doctrina es un cuerpo reflexivo profundo, la cual emerge tras una identificación clara de los intereses y aspiraciones de un Estado, sus implicaciones y sus acciones respectivas a nivel institucional, y la armonización de las mismas para alcanzar los objetivos generales de la Nación y los específicos de la entidad que los encabeza.

En consecuencia, la doctrina es esencial para los Estados y las Instituciones, y enmarcan las acciones de las mismas en coordenadas generales. Sin embargo, pese a que es esencial contar con este cuerpo rector, hay límites. La doctrina no puede ser sinónimo de refugio para el no-cambio, justificación para la continuidad innecesaria, amparo del atraso y la negligencia, excusa para la no innovación o mantra para respaldar un retroceso agobiante. En algunos entornos militares internacionales se señala que “la doctrina es el refugio para el poco imaginativo”. Desde esta perspectiva, si tenemos una figura de liderazgo que se niega por voluntad o por incapacidad a un cambio necesario que obliga a diseñar algo nuevo, a innovar y a crear, y que por consecuencia sale de su “zona de confort”, cómodo es justificar su negativa en la inflexible doctrina, que se asume esta pétreamente arraigada en el quehacer interinstitucional.

En materia aérea y aeroespacial México padece de grandes males. Pero tal vez los más graves residen en el profundo atraso en materia doctrinaria de la primera, y en la inexistencia de la segunda. Pese a que en el ámbito militar y naval se han hecho ciertas “adecuaciones” a la doctrina -que sería un tema de profunda controversia fundamentada, ya que se han actualizado los textos normativos, pero no los modelos de planeación, lo cual lleva a una anti-propósito profundo- realmente nos encontramos cuando poco entre treinta y cuarenta años atrasados. Todavía no reconocemos ciertos términos en materia de Defensa y Seguridad Aeronáutica que llevan décadas establecidos y estandarizados en el entorno internacional; y algunas de nuestras definiciones en materia aérea son totalmente incompatibles con las contrapartes globales.

En materia espacial es otro tema. Virtualmente no tenemos nada. Mucho se dice desde la SCT de ciertos “avances” en la materia, pero en materia militar, naval y en general del Gobierno Mexicano no tenemos ni siquiera los términos fundamentales para su atención. Mientras que países con menso capacidades y potencialidades que nosotros llevan décadas trabajando en posturas doctrinarias congruentes con su visión prospectiva de Estado, en México preferimos ignorarlas y relegarlas a un segundo término.

Esto nos lleva a varios problemas trascendentes. El primero es que si no existen siquiera los términos esenciales definitorios en materia de Defensa y Seguridad Aérea y Espacial en México no podemos empezar la discusión de los mismos. La razón es simple: no hay criterios unificados ni homologados que permitan avanzar en un entendimiento nacional común y orientado a un mismo fin. Tal vez eso de debe a un problema mucho más esencial: carecemos totalmente de objetivos claros, definidos y bien articulados en materia de Defensa y Seguridad Aérea y Espacial. Fácil sería decir que estos existen, pero son “material reservado” para las autoridades titulares de la materia. No sólo eso sería altamente cuestionable, sino que también sería un despropósito total. Para que estos conceptos puedan ser ejes rectores del desarrollo, criterio y dinámica prospectiva nacional deben ser públicos, no reservados a ciertos miembros de las instituciones, cuyo paso es pasajero e intrascendente.

A nivel internacional, virtualmente todos los países con estos recursos hacen del común conocimiento de su población y del mundo sus posturas y visiones doctrinarias, justificados en sus objetivos y aspiraciones de manera transparente y clara. Es más, muchos de estos documentos son públicos vía internet, no “Secretos de Estado”. Hacer públicos estos términos y someterse al escrutinio, la crítica constructiva y la colaboración abierta es una señal de madurez y sensatez; reservarse algo tan esencial y obvio es una clara muestra de insensibilidad, de falta de preparación y de cortas miras que apuntan hacia un pasado cerrado e inocuo. Y justificar que estos documentos, si existen, no son públicos “por doctrina” raya en la satírica burla de la falta de altura.

Más que evidentemente el Estado Mexicano requiere urgentemente un cambio y/o desarrollo de Políticas Públicas congruentes con el tamaño de nuestro país. Imperioso es crear y gestionar aspiraciones, objetivos y metas nacionales en el plano estratégico en materia aérea y espacial. Y trascendente y ominoso es que generemos doctrina congruente con el entorno internacional en estos términos. Fácil y conveniente es decir que este planteamiento es un “juego de palabras”, que “queda abierto” o bien “que no tiene sentido”. Evidentemente, es más fácil descalificar que realmente profundizar en el tema y reflexionar a consciencia en torno al mismo. Es inclusive más cómodo declarar tajantemente que esta es una “discusión sin sentido”, y regresar al atraso en que nos encontramos.

Es por ello que se invita al lector a dedicar unos momentos a reflexionar sobre lo aquí plasmado, a encontrar la profundidad en los términos expuestos, y a reconocer que México tiene una profunda vocación aérea y espacial, tanto en el ámbito civil como en el militar, y que para ello requiere fijar metas altas, objetivos progresivos y doctrina nacional integral, coherente y conducente a ello. No basta refugiarnos en vacías directivas del ayer que ya pasó, sino a pensar en el mañana que se avecina. Esto debemos hacerlo -como país, como Estado, como Instituciones y como sociedad- “por Doctrina”.

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