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17/12/2018

¿Camino a un futuro “absurdo”?

José Medina Go… / Lunes, 3 Diciembre 2018 - 10:19

Hace apenas cuarenta y ocho horas, México como Estado y como sociedad comenzó un nuevo capítulo en su historia. Independientemente de nuestras posturas particulares frente a una nueva administración federal caracterizada por una manera “diferente” de plantearse ante la enorme responsabilidad de dirigir una nación, lo que es un hecho innegable es que existe una coyuntura histórica, social, política y contextual para proyectar al Estado mexicano a una nueva dinámica nacional, internacional y global. Esta afirmación es válida para virtualmente todos los sectores de nuestro país, pero tal vez más que nunca en el sector aeronáutico y aeroespacial.

Lejanas ya parecen aquellas decisiones que en su momento se tomaron sobre infraestructura aeroportuaria y sobre la concepción de la dinámica área nacional. Anticipadas, peligrosas, conflictivas y cuestionables se percibieron en su momento, y el paso del tiempo tan sólo ha complejizado aún más dichas determinaciones, que ofrecen una prospectiva incierta e inestable y nos preparan para una aparente aproximación poco eficiente de este gran baluarte nacional, dando pie a la especulación. Si esto no fuera suficiente, a las posturas personales –que en su momento parecieron más arrebatos que planteamientos prospectivos institucionales– tan sólo se les adjuntaron posibles explicaciones e información coyuntural que, más que aclarar el panorama, dan la apariencia de una silenciosa complicidad para perseguir intereses personales y de partido antes que los de Estado.

Todas estas perspectivas y posturas –válidas, legítimas, necesarias y oportunas, en una sociedad comprometida con la democracia– fueron tan solo planteamientos y abstracciones; a partir del sábado 1 de diciembre comenzó una etapa donde ya no se puede especular sino materializar y consolidar. A partir de esta fecha ya no son válidos los arrebatos y entuertos personales, los sesgos y las “ocurrencias”; a partir de ahora, la que en su momento fue oposición política e ideológica, es líder y representante del Estado mexicano y sus componentes: una sociedad compleja que reside en un territorio acotado pero con interacción global, representado en un gobierno materializado en instituciones.

Es momento de que el Estado y su liderazgo definan por medio de acciones específicas qué rumbo va a tomar. En esta columna nos hemos dado a la tarea reflexiva de plantear los fundamentos esenciales para una concepción, planeación, gestión, desarrollo, manifestación, administración y evaluación aeronáutica y aeroespacial nacional. No olvidemos que este complejo sectorial representa uno de los de mayor desarrollo, prospectiva y potencialidad de crecimiento –por no decir que es el sector más importante. Posee una proyección integral global, y le permitiría a México convertirse, no sólo en un líder latinoamericano del rubro, sino en un referente global, emulando el ejemplo de nuestros connacionales que hace un siglo fueron pioneros en el aire.

Es entonces donde un Estado como ente integral –sociedad y gobierno de manera conjunta, el primero en un binomio industrial y comercial, y el segundo por medio de instituciones– debe plantearse qué quiere, cómo lo quiere y de qué manera lo quiere. Básicamente tenemos tres opciones: una procedente, una ineficiente y una improcedente. Cuál opción decidamos y de qué manera la llevemos a al práctica definirá cuáles beneficios obtendríamos como país y sociedad, cuándo los recibiremos y cómo se manifestarán.

La primera opción –y la más oportuna, a opinión del suscribiente– es la innovación. En esta aproximación debemos buscar oportunidades, reconocer críticamente nuestras debilidades y vulnerabilidades, fortalecerlas y apuntalarlas, y aprovechar esta coyuntura para proyectarnos por medio de una visión prospectiva y renovada, con instrumentos, metodologías, procesos y tecnologías de vanguardia.

La innovación es el motor del ingenio, la ciencia y el desarrollo humano. Consiste en abandonar las tendencias y prácticas del ayer, adentrarse a un nuevo contexto y entorno, y potencializarlo para el beneficio de los intereses que perseguimos. En consecuencia, la innovación es motivada de manera conjunta por: la búsqueda de nuestros intereses en el corto, mediano y largo plazo; la necesidad de gestionar mejores y más eficientes prácticas ante un entorno de recursos limitados; la astucia para encontrar mejores aproximaciones, métodos, técnicas y tecnología, y; la ingenuidad para descubrir formas de consolidar ambiciones que antes se pensaban imposibles.

La segunda opción –poco eficiente y retrógrada– es seguir haciendo lo que ya se hacía, sin buscar mejores prácticas y pensando que no es necesario avanzar. Es repetir lo que “siempre se ha hecho” buscando un resultado “diferente”, tomando por “innecesario” e “inútil” el innovar o buscar nuevas y más grandes aspiraciones, y evitando invertir al considerarlo un mero “gasto”. Esta postura es clara indicación de una falta de visión, de miopía estratégica y de incongruencia frente al entorno nacional, internacional y global.

La tercera postura –y la peor– es no hacer nada. Recordemos que la no acción es una acción. Esta postura esta condenada al rezago, al atraso, al letárgico anacronismo, al estancamiento y, ultimadamente, al fracaso. Este sería sin dudas el peor de los escenarios, donde el sector privado no presiona al sector público ni éste incentiva al primero. Sería caer en un círculo vicioso, en una espiral descendente o –usando términos aeronáuticos– en una entrada en pérdida.  

Sea entonces esta una oportunidad para promover a nivel nacional y de carácter integral una aproximación estratégica aeronáutica y aeroespacial fundamentada en la innovación y no en la inacción o en la repetición. Atrevámonos a voltear la mirada arriba y no atrás o abajo. Veamos a las alturas como sociedad y como sector, recordando aquella reflexión que nos dejó Albert Einstein hace tantos ayeres: “si una idea no parece absurda en un principio, no tiene futuro”.

Espero francamente que la estrategia de innovación aeronáutica y aeroespacial en México parezca inicialmente demasiado ambiciosa, innovadora, y –en términos de Einstein– absurda. Sólo así podremos asegurar un porvenir no caracterizado por la turbulencia sino por la búsqueda de nuevas altitudes, reconociendo que no hay un límite vertical de ascenso en la innovación, pero sí hay un muy definido límite en cuánto podemos descender. Sea nuestra elección la primera y no una resignación a la segunda.

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