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05/04/2020

La pesadilla de Howard Hughes

Juan A. José / Lunes, 16 Marzo 2020 - 10:54

Hordas de asiáticos y otros extranjeros infectados con un potencialmente mortal y extremadamente contagioso virus para el cual no existe cura, ni vacuna conocidas, que llegan a los Estados Unidos y por ende a los hoteles que posee en varias de sus localidades, sin duda sería la peor de las pesadillas que podría sufrir el enigmático, excéntrico, paranoico, corrupto, adicto, mujeriego, hipocondriaco, secretivo, pero también genial millonario, cineasta, empresario y aeronáutico texano Howard Hughes, famoso por su terror a contagiarse de lo que sea, para lo cual evitaba al máximo todo contacto humano, empleando cuanto desinfectante y protecciones tenía a su alcance.

Pienso en él conforme se confirman los pronósticos que el COVID-19 se está convirtiendo en pandemia, impactando en mayor o menor medida en la vida de todos los habitantes de la tierra y recuerdo como en agosto del año 2014, publiqué en los espacios del Grupo T21 una nota en la que afirmé que “la aviación tiene el potencial de contribuir al fin de la humanidad” y no necesariamente producto de un bombardeo nuclear por ejemplo, lo cual hace 50 años era una amenaza mucho real que lo que es en la actualidad, sino de causas que no tienen que ver con guerras, sino causas propias de procesos naturales, contribuyan en ellos o no las acciones humanas, caso del Coronavirus que nos tiene en vilo.

Y es que antes de que la humanidad dispusiese de un medio de transporte con el alcance global y la capacidad para transportar de un lado al otro del mundo en cuestión de horas lo mejor y lo peor del planeta, una enfermedad como esta se mantendría básicamente confinada a una región geográfica, debido entre otras cosas a que el virus tendría que salir por tierra, lo cual en muchos casos supone franquear enormes barreras geográficas como serían selvas, desiertos o cordilleras,  o por vía marítima, lo cual supone una oferta de transporte limitada, lenta y relativamente fácil de controlar mediante cuarentenas. Esa lentitud permite detectar a los infectados toda vez que el tiempo de tránsito sería suficiente en muchos casos para que la enfermedad se manifieste en el transmisor potencial. Hoy en día las posibilidades de que un virus viaje con rapidez por el mundo entero en el cuerpo de un organismo humano o animal vivo o muerto son altas debido a que la aviación franquea con extrema facilidad y frecuencia cualquier barrera geográfica. Además, el avión pone al transmisor potencial y aún sin manifestaciones evidentes, en la posibilidad de contagiar a otros pasajeros mediante la circulación del aire en la cabina y directamente y en cuestión de horas en territorio fuera de la zona infectada, transmisor que en la mayoría de los casos se mezcla antes de llegar a los controles sanitarios en las llamadas “zonas estériles”—qué ironía--- de los aeropuertos, con receptores potenciales caminando junto al infectado por los pasillos de la terminal aérea, en la plataforma o esperando ser despachados en algún almacén, generando una potencial bola de nieve de contagios. Es así que evidentemente, el reto para el regulador sanitario global, nacional y local, para los operadores aéreos y para los administradores aeroportuarios es enorme y aplica tanto en el origen del traslado como en su destino final, incluyendo los puntos de escala y conexión. Además de aplicar tal y como está sucediendo, protocolos internacionalmente sancionados,  el suspender servicios aéreos desde y hacia las zonas afectadas definitivamente ayuda.

El problema se complica conforme la geografía de la zonas afectadas se amplía, entonces, las consecuencias para el aerotransporte y las economías pueden ser devastadoras.

El que firma esta nota constató esto en carne propia durante un viaje por Asia en el año 2003, cuando el llamado “Síndrome Respiratorio Agudo Severo” mejor conocido como SARS, se había propagado desde la provincia de Guangdong (Cantón) en China, causando alarma en todo el mundo, viaje que supuso entre otras cosas no saludar de mano a nadie y lo digo en serio: ¡A nadie!, salir corriendo cuando uno escuchaba a alguien estornudar, anticipar la llegada al aeropuerto con una hora adicional para ser sometido a controles sanitarios y comprender que cualquier síntoma que uno manifestase durante el recorrido podría dar origen a ser puesto con justicia en cuarentena. Recuerdo además que las tarifas aéreas se vinieron abajo ante la caída de la demanda y las aerolíneas de la región sufrieron enormes pérdidas. Pero insisto: “toquemos madera” para que cualquier otra plaga, esta vez verdaderamente devastadora no encuentre y menos en la aviación, el medio para expandirse por toda la faz de la tierra.

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