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16/12/2018

¿Cuándo se nos olvidó que somos aeronáuticos?

Juan A. José / Miércoles, 18 Julio 2018 - 10:39

¿Cuándo se nos olvidó que somos aeronáuticos y que integramos una mágica, cautivadora y hasta mitológica industria, heredera de Ícaro, los caballeros águila y de muchos que les siguieron?

¿Cuándo es que nos vendieron la idea de que el pasajero no es más que un cliente, un piloto un colaborador a cargo de un vuelo, o un agente de tráfico un empleado de mostrador?

¿Cuándo abandonamos esa solidaridad propia de un gremio y comenzamos a ver a ese compañero que labora con otro prestador de servicios como un proveedor más al que hay que aplicarle sin flexibilidad alguna cláusulas y políticas, y no como ese aliado que eventualmente nos va a ayudar a salir adelante en alguna contingencia?

Creo que la respuesta a estas preguntas puede remitirse al día en que perdimos la capacidad de asombro, al mismo día cuando el avión se volvió nada más que una máquina voladora y comenzamos a ver a la aviación simple y sencillamente como un medio de transporte que debe ser tratado como cualquier otro negocio. 

Justo en el momento en que el actor del aerotransporte, del nivel que sea, deja de reaccionar ante la aparición de una aeronave en el cielo para mirarla y disfrutarla, dejamos de ser aeronáuticos. 

Y es que duele ver como se ha transformado la operación aeronáutica en lo que toca al ambiente laboral, en el cual percibo ya no se "exuda turbosina" sino se respira una supuesta rentabilidad, sostenida en una frágil eficiencia que, por cierto, no podría lograrse sin el concurso de colaboradores que por lo menos se sientan parte de la aviación y, por ende, se comporten con los demás bajo esos códigos no escritos que alguna vez caracterizaron a nuestra actividad.

Puedo estar de acuerdo en que un pasajero, por razones de seguridad ya no acceda a una cabina de pilotos en vuelo. Lo que no comprendo es cómo hay aviadores que, incluso en tierra, le niegan el acceso a ella a ese niño que hace su primer vuelo y tiene la ilusión de conocerla. Qué decir de quienes no comprenden la diferencia entre volar o no en un asiento de ventanilla o a los que les da igual que esté por aterrizar en su aeropuerto un gigantesco Airbus A380 o un hermoso Douglas DC-3.

Me parece preocupante que en el aerotransporte moderno se hayan ido perdiendo ciertos valores –sin bien subjetivos pero sin duda esenciales– que integran y fortalecen lo que yo llamo “Cultura Aeronáutica”, actitud facilitadora y a la vez sustento del adecuado manejo de temas tan relevantes como la propia seguridad operacional.

Es así que, en este espacio de corte eminentemente aéreo, invito a mis amables lectores a no caer en la tentación de olvidarse de que, al final de cuentas, el vuelo humano no es producto de la casualidad o de la decisión empresarial de alguien, sino resultado de uno de los más grandes esfuerzos técnicos jamás emprendidos por nuestra especie, en el que se han invertido cuantiosos recursos y sacrificado muchas y valiosas vidas.

Conmino a los aeronáuticos que afortunadamente aún existen a no olvidarse lo que son y a luchar para, hasta donde resulte razonable hacerlo, evitar que a ese compañero o compañera en la aerolínea, en el aeropuerto, en el fabricante, en la autoridad o en el prestador de servicios, se le olvide que también lo es, lo privilegiado que ello resulta y lo más importante: el compromiso que conlleva.

Soy de la idea de que hay cosas que, aún evolucionando, en esencia no deben cambiar.

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