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24/06/2018

Museo Aeronáutico rivaliza en visitantes con el Louvre

Juan A. José / Miércoles, 16 Agosto 2017 - 14:13

¿Sabía usted, estimado amigo lector, que con 7.5 millones de registros, el Museo del Aire y del Espacio del Instituto Smithsoniano de Washington, D.C., es el segundo museo más visitado del mundo?

De hecho, durante varios años fue el más visitado o se mantuvo entre los primeros cinco lugares, antes de que le arrebatase el sitio de honor, primero el Museo del Louvre, de París, que registró 7.4 millones en el año 2016, y recientemente el Museo Nacional de China, en Beijing, que son sus 7.6 millones de visitantes demostró que, como en muchas otras cosas, los chinos le están ganando al mundo virtualmente en todo.

No cuesta trabajo entender que el principal museo de una nación tan poblada como China tenga un enorme aforo o que la enigmática Mona Lisa de Leonardo Da Vinci sea capaz de atraer verdaderas multitudes, pero, ¿qué es lo que millones de personas pueden ver en el Museo del Aire y del Espacio?

Para un aeronáutico, la respuesta resulta sencilla: entre los 6772 artículos que exhibe el museo en sus dos instalaciones –una de ellas en pleno centro de la capital norteamericana y la otra en los linderos del Aeropuerto Dulles–, se encuentran verdaderas joyas originales de la historia aeroespacial, comenzando por el Wright Flyer 1 con el que Orville Wright, en 1903, realizó el que se reconoce como el primer vuelo controlado de una aeronave más pesada que el aire.

O qué tal el Espíritu de San Luis con el que Lindbergh capturó la imaginación del mundo entero en 1927; o el bombardero B-29 Enola Gay desde el cual se lanzó la bomba atómica que destruyó la ciudad japonesa de Hiroshima en el año 1945, para rematar con la cápsula que emplearon los astronautas del Apollo XI en 1969 para finalmente pisar la Luna.

¿Hay algo más? ¿Qué tal el avión Voyager con el que Dick Rután y Jeana Yeager dieron la vuelta al mundo sin reabastecerse de combustible en 1986? ¿O qué decir del transbordador orbital Discovery? ¿Y del Concorde? ¿O del prototipo del Boeing 707? Ya si nos ponemos más finos, nos encontramos con planeadores de Otto Lilienthal, Bombas V-2 de la Alemania Nazi, aeródromos Langley, X-15’s y hasta el primer avión militar de la historia: el Wright Military Flyer.

Todo lo anterior es un verdadero banquete para gente como el que firma esta nota quien, por cierto, ha tenido la oportunidad de visitarlo varias ocasiones, algo que considero una suerte de peregrinaje –como lo hacen los musulmanes con sus viajes a La Meca– que todo aeronáutico alguna vez en su vida tiene que hacer.

¿Y qué hay del público en general? ¿Qué le puede atraer a un pequeñín o a un adolescente del Siglo XXI en un museo aeronáutico? Me parece que el éxito del museo de Washington radica en su capacidad de modernizarse, ofreciendo exhibiciones interactivas con base en modernas herramientas electrónicas que invitan a las nuevas generaciones (cada vez más difíciles de entretener y sorprender) a pasar un rato agradable en sus instalaciones. De esta manera, el equilibrio entre lo verdaderamente histórico y lo divertido, en el marco de actividades tan apasionantes como las aeroespaciales debe ser la clave.

¡Y otra cosa! El museo no cobra la entrada y dispone de la que, considero, es una de las mejores tiendas de artículos aeronáuticos del mundo.

Es así que, a la Venus de Milo y a las estatuas de terracota de las dinastías chinas, les va a seguir costando pegarle a Lindbergh, a los Wright y a Neil Armstrong en esto de atraer visitantes en sus instalaciones. Algo que, debo confesar, me da mucho, pero mucho gusto.

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