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23/07/2018

Tres veces

Juan A. José / Miércoles, 19 Julio 2017 - 09:26

Juan José Simón sin duda tenía muchos defectos, pero no el de ser mentiroso, de ahí que sus anécdotas seguramente eran ciertas, incluyendo las relacionadas con las tres veces que afirmaba, se salvó de morir como pasajero en un avión.

La primera de ellas decía, tuvo lugar cuando siendo adolescente se hizo amigo de un piloto aviador comisionado a la Base Aérea de Ixtepec, Oaxaca, donde residía su familia. El militar invitó al joven a realizar un vuelo con él. Orgulloso, Juan pidió permiso a sus padres para disfrutar de la aventura que por cierto tendría lugar la mañana siguiente de la invitación, pero el permiso no le fue concedido. La enorme frustración se transformó en consternación al enterarse que su amigo aviador militar había perdido la vida al despegar en el vuelo en el que lo acompañaría.

Poco tiempo después, concretamente el 26 de septiembre de 1949, el istmeño cedió, también en Ixtepec, su lugar a un paisano suyo en un vuelo sobrevendido de Mexicana de Aviación con destino a la Ciudad de México, haciendo escala en Oaxaca capital, donde lo abordó la actriz mexicana Blanca Estela Pavón que perdió la junto con otras 23 personas cuando el Douglas DC-3, matrícula XA-DUH se impactó contra el volcán Popocatépetl sin dejar sobrevivientes. Cero y van dos…

Finalmente, su tercer encuentro cercano con la muerte relacionado con una aeronave tuvo hacia los años 70 cuando el jet ejecutivo de un banco gubernamental en el que viaja junto con algunos funcionarios, tuvo que hacer un aterrizaje forzoso en un campo en el Estado de Durango. Afortunadamente todos salieron ilesos de la aeronave y no me quedé huérfano.

Con todo y esos antecedentes lo cierto es que mi a padre, a quien a propósito los abuelos terminaron por coartarle la posibilidad se seguir una carrera de aviador militar, no le tocaba conocer su destino en una aeronave.

Nunca manifestó tener miedo a volar, por el contrario, parecía que disfrutaba; lo hacía frecuentemente por razones de trabajo o turismo. Debimos haber realizado juntos unos treinta o cuarenta vuelos; en todos ellos se mostraba interesado en lo que ocurría y transmitía tranquilidad. Cuando decidí estudiar para piloto me apoyó entusiastamente.

Paradójicamente, solía contratar una cobertura especial de seguros cada vez volaba y evitaba que la familia completa volase junta, anticipando alguna contingencia que acabase con ella. Cuando veíamos uno de esos sobres con el logotipo de una aseguradora en su mesilla, sabíamos que se iba de viaje en avión. Quizás en el fondo y con cierta razón, los incidentes que narro en esta oportunidad, le generaron cierta aprensión hacia eso de volar, la cual me hubiese gustado replicase con aquello del tabaco, que es lo que terminó finalmente matándolo de cáncer en el año 2002.

Ahora sí que como se dice por ahí: “De la raya nadie pasa” y la de mi papá no era la aeronáutica.

¡Menos nicotina y mejor más turbosina! ¿No cree usted amigo lector?

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