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25/06/2018

Ese primer vuelo solo

Juan A. José / Miércoles, 17 Mayo 2017 - 09:09

“No creo en tomar riesgos innecesarios, pero nada se puede lograr sin arriesgar algo”. Charles A. Lindbergh.

Me queda claro que esta nota solamente la podrán comprender bien quienes hayan tenido el privilegio de estar completamente solos al mando de los controles de una aeronave. Estoy seguro que coincidirán conmigo que la experiencia es verdaderamente única y que nunca se olvida.

Mi turno fue una nublada tarde de abril de 1978 en el Aeropuerto Juan Guillermo Villasana de Pachuca, Hidalgo. Luego de habérselo pensado bien, dada la edad del estudiante –apenas 16 años–, mi instructor finalmente se decidió a darme la oportunidad de hacer ese, mi primer gran vuelo solo, el cual completé exitosamente al mando de un Piper PA-28-140 Cherokee, matrícula XB-LEU, propiedad de la escuela de vuelo Aeronáutica Panamericana, de la Ciudad de México.

A casi 40 años de distancia, pareciera ayer cuando ocurrió: aún recuerdo con claridad las palabras de mi instructor luego de ordenarme dirigirme de regreso a la plataforma y de no apagar el motor tras un par de buenos aterrizajes de práctica en Pachuca: “Un toque y despegue y regresas”.

       —¿Un toque y despegue y regreso? Perdón teniente, pero no entiendo su orden —le dije.

       —Ve y despega, haz un toque y despegue, y te regresas... ¡suerte! —agregó al tiempo de abandonar la aeronave y cerrar su puerta. Fue así que comprendí que me estaba soltando.

       —Torre Pachuca, el Extra Bravo Lima Eco Unión, solo, solicita autorización para carreteo a pista activa —radié en la frecuencia de torre, que me autorizó a dirigirme a la pista cero tres, en cuya cabecera hice mis últimas revisiones al Piper antes de solicitar y obtener la autorización para despegar.

Es justo decir que la noticia que me habían soltado corrió como “fuego en pólvora” entre quienes se encontraban en ese momento en el aeropuerto, y es que no solamente era yo un virtual chamaco, sino además parecía serlo. Estudiantes, instructores e inspectores aeronáuticos se acercaron al valiente instructor que me había soltado para ser testigos de mis peripecias. A los morbosos los decepcioné, mientras que los que se mostraron solidarios se alegraron de verme aterrizar sano y salvo y con el avión entero luego de ese segundo aterrizaje. ¿Felicidad? ¿Orgullo? ¿Nervios? Igual y sentí los tres cuando bajé del avión.

No voy a describir con detalle lo que ocurrió después, baste compartir que la fiesta, pero sobretodo la borrachera, es algo que tampoco he podido olvidar, como tampoco olvidaron mis padres cuando les marqué por teléfono para avisarles que esa noche no iba a regresar a casa debido a que acababa de volar solo y me iba de parranda con mis compañeros. Bastante ya tenían con la angustia asociada a permitir que su hijo de 16 años de edad manejase solo cada día durante meses 200 kilómetros entre Atizapán de Zaragoza, Estado de México, y Pachuca y viceversa, para hacer prácticas de vuelo, como para que ahora las hiciese sin un instructor.

Ahora los entiendo; soy padre de una adolescente precisamente de 16 años a la que le acabo de comenzar a prestar un automóvil para que se traslade de su casa a la preparatoria. Por más cuidadosa que es mi hija debo confesar que me parece demasiado joven como para andar ya con la responsabilidad de conducir un auto, y eso que vive en una ciudad pequeña y sin grandes complicaciones de tránsito o inseguridad, como es su natal Tulancingo, Hidalgo. ¿Pero quién soy yo para impedírselo luego de haber hecho lo que hice a su misma edad? ¿Son otros tiempos? ¡Es cierto! Pero los riesgos existían tanto en 1978 como existen en este 2017.

Sobra apuntar que la parte más peligrosa de mi formación como piloto nunca fueron los vuelos sino los trayectos por carretera para llegar al aeropuerto de Pachuca. No es lo mismo volar a cien millas náuticas indicadas en un cielo por más tormentoso que pudiera parecer que manejar un Volkswagen Sedán a ciento sesenta kilómetros por hora, atravesando poblaciones. Es así que ahora entiendo que tuve suerte de volar solo, pero más la tuve al no haberme matado en el intento de llegar a tiempo al aeropuerto.

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