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18/10/2018

Más del proyecto peñanietista

Gonzalo Carrasco / Miércoles, 3 Octubre 2018 - 09:04

Conforme pasa el tiempo, cada vez salen a la luz más cosas sobre el polémico Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (NAICM), y no me refiero a los temas inherentes a la naturaleza de la obra, sino a los asuntos que debieran tomarse en cuenta y, sin embargo, no son del interés de la gente –y parecería ser que tampoco de los impulsores del proyecto. Veamos.

Con independencia de cuál sede se elegirá para resolver el problema de conectividad aeronáutica en el Valle de México –Texcoco o Santa Lucía–, lo que debe tomarse en cuenta, y no se ha hecho, es que cualquiera de los dos proyectos tomará cuando menos cinco años más. ¿Qué se hará hasta entonces para resolver la saturación tanto aérea como terrestre de lo que padecemos actualmente?

Se trata de un reto enorme pues los números de viajeros que se interesan por nuestro país como destino turístico van en aumento, y decirles que no podremos recibirlos como se lo merecen hasta dentro de cinco años que terminemos de construir un aeropuerto digno, primer mundo y que llene las expectativas de nuestro dinámico país, es un lujo que no nos podemos permitir. En este punto, la construcción de un aeropuerto pasa a segundo término. En otras palabras, deberemos prepararnos para funcionar con lo que tenemos para resistir los cinco, seis o más años que tomarán para tener lista una opción que ofrecer a nuestros interesados turistas.

Y es que las instalaciones del actual aeropuerto están para llorar: tenemos una Terminal 1 que más bien parece gallinero. Construida en el sexenio de Vicente Fox a un presupuesto elevadísimo, se logró una instalación espantosa y poco práctica. Desde su inauguración se han estado “corrigiendo” sus errores de construcción a base de parches: cambiaron alfombras y medio arreglaron los baños, pero básicamente el edificio fue el mismo. Bueno, hasta dicen que ni siquiera cuenta con tomas de agua propias, y recurre a las indispensables pipas de agua para operar. Las salas y las ampliaciones que se hicieron en la llegada internacional no sirven para el arribo de aviones de gran calado, por lo que con dos de ellos al mismo tiempo la saturación es inevitable.

¡Y qué decir de la Terminal 2! Pasan días, semanas y meses y sigue sufriendo hundimientos. ¡Parece “cabaña del Tío Chueco”! Por suerte, y pese a algunos daños, el terremoto de septiembre no le afectó significativamente. Y comparada con la T1 es una instalación mejor construída, sin embargo, los desniveles son cada vez más pronunciados que ya molestan visiblemente a los pasajeros. También se han buscado espacios para utilizarlos a manera de posiciones de embarque y desembarque de pasajeros, pero la realidad es que ya no caben los aviones.

En suma, a las dos terminales les urge mantenimiento, y en verdad no veo cómo podrán aguantar los seis años o más en espera del nuevo aeropuerto.

En cuanto a las operaciones aéreas, el aeropuerto capitalino deberá buscar la fórmula para eficientar el manejos del espacio aéreo y lograr incremento de su capacidad. Para lograrlo, deberá convocar a los organismos involucrados a que presenten propuestas de mejora, sin menospreciar los riesgos inherentes a este tipo operaciones que están llegando al límite.

Así pues, este problema tiene prioridad sobre cualquiera de los otros proyectos, y merece ser atendido a la brevedad. Y en caso de que la opción Texcoco reciba continuidad, la parte más crítica es la transición en marcha del nuevo aeropuerto y el cierre del actual junto con el de Santa Lucía.

Estoy seguro de que el presupuesto para la “cirugía mayor” (Jiménez Espriú dixit), a que se someterá el actual aeropuerto para aguantar seis años en condiciones medianamente aceptables, no son tres centavos. Por eso, me preocupa más que lo que se está hablando y de lo que se va a consultar. La conclusión es que debemos ser lo suficientemente imaginativos y proactivos, y no tanto preocuparnos sino ocuparnos de resolver esta realidad que urge resolver.

Es pues indispensable, independientemente de si continúa el proyecto peñanietista o se inicia el lopezobradorista de Santa Lucía, resolver el periodo de transición entre lo que se cierra y lo que se abre. Nada de soluciones a medias.

Quizá sea conveniente utilizar los aeropuertos de Toluca, Querétaro y los que se pueda para recibir a los cada vez más numerosos turistas que seguramente aparecerán. Lo que suena un tanto incongruente es que se tenga que invertir una cantidad nada despreciable, misma que se tiraría a la basura en caso de elegir el proyecto del NAICM, que contempla cerrar el actual aeropuerto y la base aérea de Santa Lucía.

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