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18/08/2019

50 años de la primera misión a la Luna

Francisco M. M… / Miércoles, 17 Julio 2019 - 19:23

That’s one small step for man, one giant leap for mankind” - Neil Armstrong

Recuerdo que aquella mañana de julio, en 1969, cuando apenas era un adolescente, seguí, en una televisión de 28 pulgadas, en blanco y negro, la secuencia de despegue del Apolo 11, el cual era lanzado desde Cabo Cañaveral, en Florida, con destino a la Luna.

El Apolo 11 fue impulsado por un cohete Saturno V que tenía instalados cinco motores de F1, que proporcionaron 32 millones de caballos de fuerza, quemando dos mil 700 kilos de mezcla de hidrógeno y combustible por segundo. Ver el proceso de despegue fue toda una experiencia que me mantuvo sentado a escasos centímetros de la televisión y casi sin parpadear. De verdad recuerdo que fue algo maravilloso. Más porque ese año cumpliría la primera parte de mi gran sueño de niño: comenzar mis estudios en la escuela de aviación de Brown Field, en Estados Unidos.

Los potentes motores del Saturno sólo funcionaron unos minutos y después se desprendieron, para caer en el océano Atlántico, de donde fueron rescatados recién en 2013, por el multimillonario dueño de Amazon, Jeff Bezos. Aunque siguen siendo propiedad de la NASA, hoy se exhiben en el museo de la aviación en la ciudad de Seattle.

Me fue muy difícil despegarme de la televisión durante los tres días que duró el viaje y ver aquel fantástico momento en que la misión alunizó y Neil Armstrong, casi sin combustible logró concretar el descenso de su “águila”. Unas horas después, vivimos, en familia, un momento de admiración, en medio de un silencio extraño y absoluto, cuando Armstrong pisó la superficie lunar por primera vez en la historia de la humanidad.

Poco tiempo después, Buzz Aldrin descendió del módulo mientras Mike Collins orbitaba en soledad en espera del despegue lunar y posterior acoplamiento con el módulo de mando para iniciar el viaje de 385 mil kilómetros de regreso a la Tierra después de hacer algunos experimentos, tomar fotografías, recoger muestras del terreno lunar y caminar por los alrededores.

Seis días después, cuando la imagen de la cápsula que contenía a los astronautas se hizo visible y se vio que caía lentamente al mar, sostenida por tres enormes paracaídas de color rojo y blanco, se escucharon gritos de alegría y aplausos en mi casa, y en todas partes del mundo (menos en Rusia), así como en las oficinas y centro de control de la NASA, donde estaban los 400 mil especialistas involucrados que hicieron posible el viaje.

Fue el equipo del portaaviones USS Hornet el encargado de rescatar del agua a los astronautas y llevarlos a bordo para ponerlos en cuarentena.

En 1990 tuve la oportunidad de visitar la sala de control de misión en Houston, construido en 1961, desde donde el vuelo del Apolo 11 fue controlado por un gran equipo de especialistas como Gene Kranz quien posteriormente se hizo famoso por su participación y liderazgo como director de la misión del Apolo 13, cuando, debido a una explosión de un tanque de oxígeno en pleno despegue, se tuvo que cancelar la misión y rescatar a los astronautas, en uno de los más grandes éxitos e historias hollywoodenses de la NASA.

Estar por unos minutos en ese cuarto de control de misión tan en silencio, donde no había ni una sola persona más que un guía y yo, donde vi las mesas, computadoras y aquella enorme pantalla que siguió el vuelo del Apolo 11 y de las diferentes misiones hace tantos años, me hizo estremecer hasta los huesos recordando el increíble esfuerzo y compromiso de tanta gente para lograr el éxito de la misión a la Luna, teniendo a la mano una tecnología que en nuestros días parece arcaica, pero que fue manejada por seres humanos verdaderamente especiales.

Ahí mismo, en el edificio 30 se encuentran las inmensas computadoras RTCC (Real Time Computer Complex) que ocupaban varios pisos y cuartos enteros que servían para controlar las misiones de vuelo y que tenían la misma capacidad y memoria que en nuestros días podemos encontrar en una computadora laptop… ¡Increíble!

Otra viva y una maravillosa experiencia viví a finales de los ochenta cuando durante uno de mis vuelos como capitán en Aeroméxico entre Acapulco y Houston tuve el privilegio de estrechar la mano e intercambiar algunas palabras con el Comandante Buzz Aldrin, el segundo de los 12 astronautas que hasta hoy han pisado la superficie lunar, quien en solo cinco minutos me sorprendió con su inteligencia, su don de gentes y sobre todo con su modestia.

Esta sensacional experiencia la platico en mi libro “Bitácora de vuelo” y es una de las más vivas que pude compartir con quienes lo han leído porque fueron minutos de variadas “sensaciones y sabores” imposibles de olvidar especialmente cuando le pedí su autógrafo y escribió sobre mi camisa blanca del uniforme: “Dreamer to Dreamer”...

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