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17/12/2018

Falta de confianza

Francisco M. M… / Jueves, 29 Noviembre 2018 - 11:17

El comunicado aclaratorio de MITRE del pasado 20 de noviembre, en el que revira sobre las declaraciones del señor Rioboó y de otros personajes del gabinete del próximo presidente, deja perfectamente claro que la mejor opción para construir un Nuevo Aeropuerto es la de Texcoco. Además, pone sobre la mesa su experiencia y prestigio internacional sobre el tema, no en vano ellos –y sus 8 mil expertos– estuvieron ahí desde 1940, ayudando a desarrollar muchos proyectos –el radar y posteriormente el TCAS (sistema de alerta de colisiones en vuelo en inglés), entre los más importantes–, además de haber intervenido en la planeación de varios aeropuertos de nivel mundial para decidir operaciones simultáneas hasta en tres pistas.

La nota dice: "en resumen, MITRE ha sido a través de los años un innovador de primera clase en aeronavegación en el campo de seguridad operacional eficiencia e incremento de capacidad aeroportuaria, evitando siempre conflictos inter-aeropuertos"... ¡menudas credenciales!

De acuerdo con el consorcio –que también asesora a la Administración Federal de Aviación de los Estados Unidos–, el proyecto Santa Lucía-Benito Juárez-Toluca presenta importantes  problemas técnicos difíciles de solucionar, y no servirá para desahogar la enorme carga operacional de la terminal capitalina, que ya excede las 62 operaciones por hora y más de 450 mil al año.

Por ello, insiste en que el proyecto Santa Lucía "es una mala idea" porque no cuenta con estudios serios, mismos que podrían llevar años –hasta diez, según expertos mexicanos.

Esto se suma a las pruebas que sobre el tema han aportado todo tipo de instituciones y expertos, quienes señalan que un aeropuerto civil en la hoy base militar no cumple con los requerimientos internacionales para administrar y controlar su reducido espacio aéreo, especialmente por las condiciones orográficas que traen consigo problemas de interferencia y, por consiguiente, retos de logística y altos costos para las aerolíneas –que tendrían que operar en tres aeropuertos simultáneamente–, más todo tipo de incomodidades para los millones de pasajeros –que seguramente buscarán otras opciones de conexión.

Por si fuera poco, se afectará la actividad de aeronaves corporativas y de carga en el aeródromo toluqueño –que deberán buscar otros aeropuertos para operar–, y no podemos olvidar que será removida una base aérea estratégica, con todas las implicaciones que esto acarrea en pesos y centavos. Pero sin duda, lo más importante, y a lo que menos se ha hecho caso, es la seguridad de tantos millones de pasajeros que se transportan desde y hacia la Ciudad de México a muchas partes del mundo.

En contraste, el proyecto Texcoco, que se convertiría en el segundo aeropuerto más grande del mundo en su etapa final, con todas las ventajas sociales y económicas que ello implica para México, tiene ya un 37% de avance y se han comprometido todo tipo de recursos y millones de dólares. Una pregunta ta obligada sería: ¿qué se va a hacer con todo lo construido a partir del 1 de diciembre?

Estamos hablando de cuestiones de mantenimiento, especialmente en lo referente al sistema provisional que ha sido instalado para evitar inundaciones. ¿O acaso es que se va a dejar todo abandonado como un monumento a la necedad y al desperdicio de recursos que tanta falta hacen a nuestro país? ¿Quién o quiénes ganan con la cancelación de Texcoco y el posible inicio del proyecto Santa Lucía? Eso lo vamos a saber muy pronto.

El pasado mes de julio, López Obrador resultó electo mediante una votación de 30 millones de ciudadanos a su favor. Entonces, el mundo permaneció a la expectativa y no hubo grandes movimientos financieros, dejando ver que tenía la confianza de los mercados nacionales e internacionales. Pero vino la cancelación del proyecto Texcoco.

Ahora, y dos meses después, se tienen caídas récord en la bolsa de valores; los intereses han subido y se prevé que continúen con esa tendencia; el peso se sigue devaluando; la inflación va en en aumento; las calificadoras internacionales bajan a México de nivel; se está registrando una fuga de capitales y de inversionistas a otros mercados; se ha reducido la perspectiva de crecimiento económico del país; y para colmo, parte del empresariado está en contra de la nueva administración, que además tendrá que enfrentar todo tipo de demandas, incluso internacionales, por parte de los tenedores de los 6 mil millones de dólares en bonos del gobierno, que respaldan la construcción del Nuevo Aeropuerto.

No es la cancelación del proyecto como tal lo que está provocando tantos problemas, sino la pérdida de confianza nacional e internacional que provocó el hecho a partir de decisiones no muy claras, a las que se han ido sumando “ocurrencias” como la construcción de una refinería en Tabasco, el Tren Maya o la Guardia Nacional, que han sido “respaldadas” mediante votaciones a modo de apenas 1% del total del padrón electoral.

Por otra parte, no podemos dejar de notar que la aprobación el presidente López ha caído en las encuestas hasta en un 9%, y que hay millones de ciudadanos de importantes grupos que incluyen a profesionales, técnicos, catedráticos, sociólogos, antropólogos, ambientalistas, gobernadores y hasta al mismísimo subcomandante Marcos, quienes no están de acuerdo en cómo empieza a llevar las riendas del país.

Apenas hace un par de días el Wall Street Journal, uno de los periódicos más influyentes del mundo en materia económica, se declaró en contra de la actuación hasta ahora del presidente electo, y sus reconocidos especialista y columnistas no esconden su desconfianza en el sexenio por venir. Y todo a partir de la cancelación de Texcoco.

Creo que aún hay forma de recobrar esa confianza. Eso si alguno de quienes hablan al oído de AMLO lo convencen de que la función gubernamental y la economía deben caminar de la mano, porque una no sobrevive sin la otra; y de que los golpes sobre la mesa solo nos van a traer más y mayores problemas de los que nuestro pobre México ha vivido en el pasado.

Que conste.

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